Introducción
El relieve es uno de los factores que más influyen en el clima, dada su
capacidad para modificar el normal comportamiento espacial de sus elementos
y generar condiciones ambientales completamente distintas. Ello es muy
notorio en las zonas montañosas donde la altitud es responsable de importantes
variantes del clima regional, pero no lo es menos en aquellas zonas topográficamente
deprimidas y rodeadas de montañas, donde la pérdida de la capacidad termorreguladora
que tiene el aire húmedo al atravesar los relieves montañosos da lugar
a una reducción de la humedad y disminución de la precipitación que activa
la evaporación e incrementa la aridez que, unido al elevado contraste
térmico, generan climas de acusado matiz continental.
En este contexto topográfico debe situarse el clima de la depresión del
Ebro, muy condicionado por unos relieves que le aíslan de la acción benefactora
de las masas de agua circundantes y cuyos climas (oceánico y mediterráneo)
quieren ponerse en contacto a lo largo del valle. Ello da lugar a abundantes
matices locales e importantes topoclimas, siendo el de la zona central
uno de los más diferenciados y de mayor personalidad. Esta zona central,
sufre los efectos de un continuado foehn desde la cordillera Ibérica,
Pirineos y cordilleras Catalanas que modifica los regímenes de lluvias
del W-NW y E. Resultado de ello son las escasas lluvias en general, con
régimen de mínimo invernal y más acusado todavía en verano, máximas precipitaciones
durante los equinoccios, elevadas temperaturas estivales que contribuyen
a la fuerte oscilación anual, y una gran aridez que llama fuertemente
la atención, entendiendo como tal una continuada anomalía en el balance
precipitación-evapotranspiración.
Para mejor comprender el clima actual de esta comarca, y también su cubierta
vegetal, es necesario remontarse al pasado y analizar el proceso evolutivo
que ha tenido lugar durante los últimos milenios o millones de años. Los
análisis polínicos aportan gran información en este sentido y permiten
reconstrucciones referidas a grandes periodos y para amplios territorios,
independientemente de que la imagen suministrada (espectro polínico) por
el análisis, y su interpretación, puede distar bastante de la correspondiente
a la vegetación emisora.
A principios del Eoceno, hace 60 millones de años, el clima debió de ser
de gran afinidad tropical, con oscilantes variaciones de humedad según
épocas y tendencia a la aridez conforme transcurren los milenios. Sin
embargo un importante acontecimiento orogénico de finales de esa época
fue responsable de un cambio a condiciones más secas y contrastadas. La
orogenia alpina hace que la cuenca del Ebro quede aislada del océano Atlántico,
a la vez que las cordilleras catalanas la aíslan del Mediterráneo. De
esta forma se estructura una gran depresión lacustre, con un clima tendente
a mayor aridez debido a la sombra pluviométrica que ejercían los relieves
circundantes. En el Oligoceno, -35 millones de años, la aridez es muy
notoria durante algunos periodos de miles de años, que alternan con otros
algo más húmedos. Estas condiciones apenas varían durante la siguiente
fase geológica, de manera que durante el Mioceno (-30 y -15 millones de
años) la depresión del Ebro tuvo un clima caracterizado por temperaturas
elevadas y gran aridez, lo que parece ser una constante durante aquellas
épocas. El momento de máxima crisis climática ocurre durante el Mesiniense
en que el Mediterráneo casi se secó, lo que favoreció la progresión de
la vegetación esteparia asiática y su contacto con la del occidente de
la cuenca
mediterránea.
Paulatinamente fue evolucionando hacia un clima más húmedo, y en el Plioceno
(-15 y -5 millones de años) la cuenca mediterránea parece ser que tenía
un clima con características de tropical húmedo, facilitando que sus zonas
limítrofes se cubrieran de densos bosques. Estas condiciones fueron preponderantes
durante mucho tiempo, de manera que el dominio del actual clima mediterráneo
fue relativamente cálido y húmedo hasta hace 5 millones de años.
Hace 3 millones de años, y coincidiendo con el avance glacial norpolar,
tiene lugar un descenso general de la temperatura y humedad, al que se
atribuye el origen de la diferenciación de las especies mediterráneas
actuales. Efectivamente, sólo han subsistido las especies que soportaron
las nuevas condiciones fruto de las temperaturas más bajas en invierno
y sobre todo la intensa sequía estival. Hace 2 millones de años, con la
primera gran glaciación afectando al norte de Europa, dan comienzo las
periódicas oscilaciones en que alternarán fases de enfriamiento que favorecieron
la extensión de asociaciones estépicas y fases interglaciares en las que
el incremento de la temperatura favoreció la supremacía del bosque de
hoja caduca. El estudio de la evolución de la vegetación parece indicar
que las fluctuaciones de la humedad han sido más decisivas que las fluctuaciones
de la temperatura a la hora de caracterizar el comienzo de la evolución
del clima mediterráneo.
Parece evidente que el establecimiento de la vegetación y clima mediterráneo
es antigua y muy compleja de analizar, estando cada vez más admitido que
el régimen actual deriva de uno tropical gradualmente alterado por reiterados
enfriamientos y fases con elevado déficit pluviométrico. Los agrupamientos
vegetales parecidos a los actuales parece ser que ya existían hace 2 millones
de años, y se desarrollaron con ocasión de los estados de equilibrio entre
flora y clima durante los fases glaciares, que favorecieron las formaciones
tipo estepa, y las interglaciares que ayudaron a la recuperación de los
bosques.
La existencia en tiempos históricos de bosques más abundantes que ahora
es innegable, y aunque tal formación no fuera predominante sí debió estar
más representada en todo el territorio que en la actualidad, pero no con
la extensión y densidad que a veces se pretende afirmar, sino más bien
como formaciones más o menos abiertas. Y es que el clima de los dos últimos
milenios apenas ha variado lo suficiente como para modificar substancialmente
la cubierta vegetal, y cuando ésta lo ha hecho ha sido por causas humanas
relacionadas con la actividad económica-ganadera. Es lógico admitir que
en determinados momentos no se podía vivir más que de cierta explotación
"poco racional" del suelo, con las consiguientes secuelas que
ello dejaba en el paisaje.
Las crónicas que relatan el avance de la civilización romana por el valle
del Ebro contienen frecuentes alusiones a la facilidad de maniobra que
tenía la caballería, algo difícil en terrenos boscosos, y las penurias
de sed y hambre que pasaron los ejércitos de Pompeyo hostigados por las
legiones de Julio Cesar. Las descripciones hacen referencia a un territorio
seco, con escasa agua y, al igual que ahora, sin formaciones boscosas
que dificultaran el trazado de las vías de comunicación por zonas donde
las posibilidades de emboscadas fueran mínimas. Los testimonios de historiadores
prueban que el aspecto de Los Monegros de hace dos mil años no era muy
distinto del actual, y lo mismo podría decirse de algunos millones de
años atrás.
Recientes estudios dendroclimáticos realizados en la zona monegrina han
permitido reconstruir las precipitaciones y temperaturas desde el siglo
XIV en Castejón de Monegros (Huesca). El análisis de los valores que conforman
ambas series indican que durante los últimos 600 años no ha habido un
cambio en la tendencia general que suponga el paso a otras condiciones
climáticas, sin que ello excluya la presencia de alteraciones y anomalías
de corta duración durante las cuales el clima presentó comportamientos
peculiares, ya sea de fuertes incrementos o decrementos de la temperatura
o precipitación, pero siempre de corta duración y sin posibilidades de
modificar el paisaje. Tal es el caso de la gran irregularidad termopluviométrica
de los siglos XV, XVI y parte del XVII coincidentes con la Pequeña Edad
Glaciar, o las alternancias de periodos húmedos(1719-1788, 1859-1876,
etc) con otros más secos de características mediterráneo continentalizadas
(1784-1867, 1874-1923, etc.) que de alguna forma indican el tipo de influencias
climáticas que configuran el clima del sector central, aunque mucho más
frecuentes e intensas las segundas que actúan como factor climático fundamental.
La evolución del clima, no se separa de la tendencia general observada
a escala planetaria, la cual muestra un incremento térmico durante todo
el presente siglo y un variable comportamiento de la precipitación según
zonas. Lo mismo ocurre en el valle del Ebro, donde el citado ascenso térmico
es constatable en todo este ámbito espacial, como también lo es el descenso
de temperatura ocurrido entre 1940-1965.
Sin embargo, la precipitación presenta un comportamiento espacial más
irregular, de manera que aun en el mismo valle del Ebro es posible diferenciar
comportamientos de la lluvia con tendencias casi opuestas según zonas.
Sin embargo son tendencias globales que carecen de significación estadística,
incluso para el conjunto del periodo 1900-1970 cuya tendencia es aparentemente
más definida. A partir de 1970 la disminución de la lluvia es evidente,
llegando a reducirse un 30% entre 1970 y 1990. En la parte más oriental
de la comarca tal disminución se ve en parte compensada por las lluvias
otoñales, que en la actualidad muestran un claro aumento relacionado con
la mayor actividad ciclónica en ese mar durante esta época.
Es evidente que el comportamiento de cualquier variable climática es decisivo
a la hora de explicar las características del clima de un lugar. Sin embargo
no todas tienen la misma importancia, ni actúan con la misma intensidad,
de manera que unas son más decisivas que otras para explicar la presencia
o ausencia de determinadas formas de vida o la misma configuración del
paisaje. La personalidad climática de estriba, precisamente, en el peculiar
comportamiento de determinadas variables, que llegan a comportarse como
auténticos factores limitantes ante los cuales las distintas formas de
vida deben adaptarse o adoptar singulares estrategias de supervivencia.
Escasez
e irregularidad de las precipitaciones
Sin duda constituye el rasgo climático más sobresaliente y que mejor define
el clima de la zona. La cuenca del Ebro es una fosa de hundimiento de
forma triangular rodeada de tres cordilleras (Pirineos, Ibérica y Costero-Catalanas)
que la aíslan del efecto termorregulador que ejercen las masas de agua
circundantes de la Península. Tales relieves actúan a modo de pantalla,
creando frecuente nubosidad de estancamiento y precipitaciones en las
vertientes exteriores cuando los vientos húmedos tratan de penetrar en
ella. Estancamiento y foehn hacen que el aire que alcanza la depresión
sea cálido, tenga escasa humedad relativa y en consecuencia vea muy reducidas
las posibilidades de precipitación. Por el contrario, incrementa su capacidad
evaporante y somete a un fuerte estrés a las distintas formas de vida.
Esta interacción relieve-masas de aire es responsable de la reducida precipitación
que tiene lugar en el conjunto de la depresión, y muy particularmente
en su parte central donde están situados Los Monegros, punto donde se
registran las menores lluvias de toda la cuenca. Tanto es así, que los
reducidos totales anuales son comparables a los que se registran en las
zonas más secas del sur y sudeste español.
Si la irregularidad pluviométrica viene, además, acompañada de una gran
intensidad, la posibilidad de aprovechamiento hídrico por parte de los
seres vivos es realmente inferior a la que aparenta. Suele llover unos
60 días al año, equivalentes a una media de 6 días/mes, salvo en los estivales
que se reduce a 2-3 días casi siempre en forma de tormenta. Raro es el
año que no registre entre 2 y 4 días de precipitación superior a 30 mm,
alcanzándose con cierta frecuencia valores superiores a 100 mm en intervalos
de pocas horas. En estos casos se genera un régimen de gran torrencialidad,
capaz de crear auténticas lagunas temporales, aprovechando tanto la horizontalidad
del terreno que dificulta un rápido drenaje como las ligeras ondulaciones
modeladas por el viento donde se acumula el agua. Después de una tormenta
es frecuente encontrar nuevas pequeñas lagunas desconocidas para cualquier
conocedor de la zona y con una perspectiva de vida efímera. Continentalidad
estival y mediterraneidad explican que la máxima frecuencia de lluvias
intensas coincida con los meses de julio y septiembre-octubre.
Si destacables son las escasas precipitaciones, igualmente lo son las
secuencias secas que tienen lugar tanto durante la época cálida como la
fría, aunque más repetitivas en aquella, y que con más frecuencia de la
deseada se prolongan durante meses, incluso años. Todo depende de dónde
se ponga el límite de final de sequía, que en modo alguno tiene que coincidir
con una lluvia. Si la sequía es intensa, su desaparición puede requerir
una continuada secuencia lluviosa, con lo que un periodo de tales característcas
puede tener mucha más duración que un simple periodo sin lluvias.
El número de días sin precipitación llega a ser el 80% de los anuales
y raro es el mes que no haya tenido precipitación nula. Lógicamente los
meses con mayor número de días secos son julio y agosto. Considerando
las secuencias según la sucesión natural de los meses y años, la máxima
secuencia conocida de días sin lluvia en el observatorio de Zaragoza fue
de 88 días y se inició el 5 de septiembre de 1978, periodo que podría
iniciarse 33 días antes si no se considera una interrupción de 5 mm el
día 3 de agosto. Por tanto, se podría hablar de un periodo sin lluvias
de 121 días. Otras secuencias importantes fueron cuatro periodos que superaron
los 60 días, que tuvieron lugar tanto en la época cálida (que es lo más
frecuente) como en época fría. Según Ascaso, el 13 de diciembre de 1893
se inició un periodo seco que duró 69 dias. Lo cual indica que los potentes
anticiclones de bloqueo hacen su aparición tanto en verano como invierno,
condicionando un régimen de precipitaciones muy centrado en los periodos
equinocciales.
Otro aspecto a considerar a la hora de analizar las aportaciones de humedad
son la presencia de las nieblas. Sin duda es uno de los meteoros más característicos
de la zona, como lo es en toda la depresión del Ebro durante el periodo
invernal. Se forma en condiciones de estabilidad atmosférica que limite
los vientos en superficie. El aire en contacto con el suelo se enfría
y da lugar a las nieblas de irradiación. En otros casos la depresión actúa
como cuenca receptora de las masas de aire enfriadas en los relieves circundantes
y que se remansan en las zonas más bajas debido a su mayor densidad. En
ambos casos se producen potentes inversiones de temperatura, condensándose
la humedad en forma de una densa niebla que cubre todo el fondo del valle
del Ebro y que con frecuencia persiste durante varios días. Como momentos
de persistentes nieblas destacan los 19 días consecutivos en diciembre
de 1956 y los 18 días de enero de 1983. Es un meteoro de gran importancia
biológica para la zona, dado que supone una gran aportación de humedad
(precipitación horizontal) durante la época fría, precisamente cuando
los frecuentes anticiclones invernales bloquean las lluvias frontales
tan necesarias para los cultivos de secano durante el final del invierno.
Predominio
de un régimen térmico extremado
La marcha anual de la temperatura pone de manifiesto los rasgos continentales
de la comarca monegrina, reflejados en un invierno y verano de larga duración
que contrastan con una primavera y otoño mucho más cortos. El frío invernal
y el fuerte calor estival prevalecen durante gran parte del año, reflejo
de la gran inercia térmica que domina en las zonas interiores donde apenas
llegan las masas de aire húmedas. El invierno suele durar unos 120 días
(de mediados de noviembre a marzo), seguido de una primavera que no supera
los 60 días (hasta mediados de mayo). El verano se prolonga durante más
de 150 días (hasta mediados de octubre) y el otoño tan sólo dura unos
40 días. Por consiguiente, sólo el 33% de los días del año tienen rasgos
equinocciales.
Dicha evolución térmica no está exenta de anomalías frías o cálidas, asociadas
a situaciones atmosféricas que adelantan, interrumpen o prolongan las
estaciones astronómicas. Tales advecciones, cuando dan lugar a heladas
tardías, pueden tener gran repercusión económica ya que incluso en abril
pueden arruinar las cosechas.
La temperatura media anual es de unos 14,5 ºC, valor que puede extenderse
al conjunto de la comarca dada la planitud del relieve. El mes más cálido
es julio con valores cercanos a 26 ºC, seguido de agosto con algo más
de 24 ºC. Por el contrario, diciembre y enero son los más fríos, con una
temperatura media cercana a 5 ºC. La media de las máximas anual es de
20 ºC y la de las mínimas oscila en torno a los 8 ºC. Ello supone una
oscilación media anual de 12 ºC, que aumenta a una media máxima extrema
de 34 considerando los 33 ºC de la media de las máximas de julio y los
0,9 ºC de media de las mínimas de enero. La oscilación máxima absoluta
alcanza los 53 ºC, a partir de los valores extremos absolutos registrados
durante un periodo de 40 años: una máxima absoluta de 41 ºC en julio y
una mínima absoluta de -12 ºC en diciembre. Tales oscilaciones son, sin
duda, muy acusadas y definen el clima de esa zona como de gran continentalidad.
A lo largo del año, durante 130 días se superan los 25 ºC de máxima y
durante más de 65 días se superan los 30 ºC. De estos últimos, 23 días
tienen lugar en julio, que le convierten en el mes más cálido para el
conjunto de la zona. Estos valores máximos extremos ocurren cuando en
las capas altas de la atmósfera persisten las condiciones anticiclónicas
que favorecen el calentamiento del aire en las capas bajas, formándose
con frecuencia una baja térmica en superficie que arrastra aire muy cálido
del S y SE.
Durante 45-48 días el termómetro desciende por debajo de 0 ºC. Ocurre
entre finales de octubre, que ya puede recibir la primera helada, y mediados
de abril en que acontece la última. Ello da lugar a un periodo superior
a los 180 días en el que es posible generarse una helada, pero el 50%
de las mismas se agrupan en los meses de diciembre y enero. A lo largo
de varios años todos los meses comprendidos entre noviembre y marzo han
registrado valores mínimos inferiores a -6 ºC. Tales heladas son consecuencia
de situaciones meteorológicas distintas: las más intensas están provocadas
por invasiones de masas de aire frío polar o subpolar continental acompañadas
de fuertes vientos, muy frecuentes en la época invernal, otras se deben
a procesos de irradiación favorecidos por situaciones anticiclónicas y
atmósfera estable que generan potentes inversiones de temperatura. Estas
últimas son más propias de la primavera y, aunque menos intensas que las
anteriores, suelen ser bastantes persistentes.
Insolación
y viento
A la escasez de precipitaciones y fuerte oscilación térmica se une el
efecto de una elevada frecuencia de viento, que barre la escasa nubosidad
que alcanza la depresión del Ebro, facilita una elevada insolación y genera
altas tasas de evaporación.
El número de horas de sol del conjunto de la parte central de la depresión
es muy elevado. Por consiguiente, aunque la comarca de Mediana carece
de este tipo de mediciones, puede extrapolarse una cantidad cercana a
las 2700 horas anuales con un mínimo de error. Tales datos están inversamente
relacionados con la nubosidad que, por razones ya explicadas, es bastante
pequeña en toda la comarca. Sólo 79 días al año tienen el carácter de
cubiertos, 196 son nubosos (nubosidad entre 6 y 8 octas) y 90 despejados.
Y es que cuando sopla el cierzo, los sistemas nubosos desaparecen rápidamente,
la humedad relativa cae de forma espectacular y se reduce a valores cercanos
al 25%, y su acción desecante es muy intensa al activar la evapotranspiración.
El viento más frecuente e intenso es el cierzo, nombre con el que se designa
a todo viento que cruza el valle siguiendo la dirección NW-SE impuesta
por la topografía, a pesar de que en su origen puede tener componente
oeste, noroeste y norte en función de las configuraciones barométricas
que lo provocan. Se establece una media de 109 días al año, con máxima
frecuencia en los meses de invierno y primavera, y mínima en verano. Su
velocidad media anual es de 16 km/hora en Zaragoza. Sin embargo es un
viento muy racheado y su velocidad instantánea puede ser muy elevada.
El 3% de las veces alcanza velocidades superiores a los 100 km/hora y
el 20% de las veces supera los 45 km/hora.
|
Nubosidad y porcentaje de viento
con dirección NW en Zaragoza
|
| |
Días despejados
|
Días nubosos
|
Días cubiertos
|
% direcc. NW
|
|
Enero
|
6,1
|
15,6
|
9,3
|
27,0
|
|
Febrero
|
6,1
|
15,5
|
6,4
|
34,5
|
|
Marzo
|
6,0
|
16,1
|
8,9
|
41,0
|
|
Abril
|
6,6
|
16,5
|
6,9
|
40,0
|
|
Mayo
|
6,3
|
16,8
|
7,9
|
29,0
|
|
Junio
|
7,0
|
17,7
|
5,3
|
29,4
|
|
Julio
|
13,6
|
15,7
|
1,7
|
20,7
|
|
Agosto
|
12,6
|
15,9
|
2,5
|
30,1
|
|
Septiembre
|
7,5
|
17,3
|
5,2
|
22,4
|
|
Octubre
|
6,4
|
17,5
|
7,1
|
24,6
|
|
Noviembre
|
6,2
|
16,2
|
7,6
|
24,4
|
|
Diciembre
|
5,5
|
15,0
|
10,5
|
22,8
|
|
AÑO
|
89,9
|
195,8
|
79,3
|
28,8
|
Aparte de sus posibilidades como fuente de energía, su influencia sobre
el clima y el paisaje es evidente, ya sea activando la evaporación y favoreciendo
la aridez, condicionando el tipo de vegetación y su forma, dispersando
las nieblas, e incluso como modelador del relieve al sobreexcavar ciertas
zonas por medio de su acción de arrastre.
La
persistente aridez
Sin duda es el rasgo climático que mejor define el clima de la comarca
y como tal es resultado de unas escasas aportaciones de humedad debido
a los relieves que apantallan el conjunto de la depresión y a unas elevadas
pérdidas por evapotranspiración favorecidas tanto por las altas temperaturas
estivales como por la persistente acción evaporante del viento cierzo
capaz de reducir la humedad relativa a valores muy pequeños. De alguna
forma representa la síntesis de los factores climáticos que actúan con
mayor intensidad sobre los seres vivos, hasta el punto de ser para ellos
un factor limitante de primer orden.
El 50% de la evapotranspiración anual se produce en verano (400-425 mm)
coincidiendo con el momento de temperaturas más elevadas, mientras que
durante la primavera y el otoño las necesidades teóricas de agua se reducen
a menos de la mitad de la estival (180-190 mm). Relacionando dichos valores
con la disponibilidad real que representa la precipitación obtenemos un
déficit anual de 400 y 450 mm/año, generado durante la primavera, verano
y otoño. Sólo el invierno escapa a ese déficit. La mayor concentración
de déficit tiene lugar en verano (unos 300 mm), seguido del otoño (75-80
mm) y la primavera (50 mm), épocas en las que la aridez se manifiesta
con mayor intensidad.
A ningún conocedor de las formas de vida de la zona y del paisaje se le
escapa que estos déficits de agua dan lugar a un clima de acusada aridez,
independientemente si el clima debe clasificarse como árido o
sólo semiárido en función de las aportaciones de humedad que se produzcan.
Para su catalogación pueden utilizarse variados índices que con más o
menos acierto tratan de sintetizar la realidad climática del lugar. El
índice de Gorcynski, más adecuado para medir el grado de continentalidad,
aporta un valor de 30, sin duda uno de los valores más elevados que pueden
darse en el valle del Ebro. Sin embargo debe tenerse en cuenta que tal
continentalidad no debe calificarse como extremada, en cuanto que la oscilación
media anual apenas supera los 20 grados y la concentración de la lluvia
estival no sobrepasa el 25% de la anual, límites inferiores de la considerada
continentalidad extrema. Tal consideración no excluye que determinados
años presenten características mucho más extremas, como ocurrió en 1983
en que la precipitación estival superó la de cualquier otro trimestre.
Precisamente son estos años extremos, sobre todo desde el punto de vista
térmico, los que marcan las posibilidades de éxito de ciertas formas de
vida, dado que representan las máximas condiciones limitantes que deberán
superar en los momentos más críticos.
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